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miércoles, 29 de julio de 2026

Entropía en tres partes: (III) La flecha del tiempo

"Si las leyes fundamentales de la Física apenas distinguen entre pasado y futuro... ¿por qué nosotros sí?"

El perfume rebelde

Abres un frasco de perfume.

En pocos segundos el aroma comienza a extenderse por toda la habitación. Un minuto después llega hasta la puerta. Cinco minutos más tarde parece estar en todas partes.

Nunca ocurre al revés.

Jamás has entrado en una habitación perfumada para ver cómo, poco a poco, todas las moléculas del aroma abandonan el aire y deciden reunirse espontáneamente dentro del frasco.


Y, sin embargo, la Física no dice que eso sea imposible. Dice algo mucho más interesante: que es extraordinariamente improbable.

Y esa diferencia cambia por completo nuestra forma de entender el Universo.

El café nunca aprende el camino de vuelta

En el primer capítulo hablábamos de un café caliente. Ahora ya podemos responder la pregunta que dejamos pendiente.

¿Por qué se enfría?

No existe una fuerza misteriosa que empuje el calor hacia fuera. El Universo no "quiere" enfriar el café. Simplemente existen muchísimas más maneras de repartir la energía entre el café, la taza y el aire que de mantenerla concentrada únicamente dentro del café.


Las moléculas rápidas chocan con las lentas, la energía se redistribuye y la probabilidad hace el resto.

El café no conoce las leyes de la termodinámica, simplemente obedece las leyes de la estadística.

El huevo más famoso de la Física

Existe un ejemplo que aparece una y otra vez en libros, documentales y vídeos de divulgación.

Un huevo cae al suelo, o sufre algún tipo de accidente... la cáscara se rompe, la clara y la yema se mezclan, los fragmentos salen despedidos.


Nadie se sorprende.

Pero ahora imagina exactamente la misma escena... al revés: Los trozos comienzan a deslizarse por el suelo, la clara vuelve a separarse de la yema, la cáscara se recompone.

Todo el mundo sabe que la película está al revés. La pregunta es...

¿Cómo lo sabemos?

Porque reconocemos intuitivamente cuál de las dos escenas conduce hacia un estado mucho más probable.

No vemos el tiempo, vemos la entropía.

(Sí, ya sé que este ejemplo tiene un pequeño truco y la verdad es que no es mi ejemplo favorito, pero es el más famoso: La gravedad ayuda bastante a romper el huevo y no precisamente a reconstruirlo. Pero una vez olvidamos el golpe inicial, la pregunta sigue siendo fascinante: ¿por qué millones de moléculas nunca deciden reorganizarse espontáneamente? Ahí es donde entra realmente la entropía.)

Una película que nadie creería

Podríamos hacer el mismo experimento con casi cualquier fenómeno cotidiano.

Un vaso roto que vuelve a ensamblarse, la tinta regresando al interior del bolígrafo, todo el oxígeno de una habitación concentrándose espontáneamente en un pequeño rincón del techo haciendo que los seres vivos en la estancia lo pasen realmente mal... 

O toda la sal de los océanos reuniéndose únicamente en el Mediterráneo. (Aunque, como no nos pongamos serios con el calentamiento global, casi vamos camino de conseguirlo por otros métodos.)

Todas esas escenas nos parecen absurdas, no porque contradigan las leyes fundamentales de la Física.

¡No las contradicen en absoluto!

Nos resultan imposibles porque desafían algo mucho más poderoso: Las probabilidades.

El gran descubrimiento de Boltzmann

Y aquí aparece una de las ideas más sorprendentes de toda la Física.

Durante siglos pensamos que el tiempo era una propiedad fundamental del Universo; que las leyes distinguían claramente entre pasado y futuro.

Boltzmann propuso una idea mucho más desconcertante.

Quizá el Universo no distingue el pasado del futuro. Quizá somos nosotros quienes lo hacemos.

Si filmáramos dos planetas orbitando alrededor del Sol y reprodujéramos la película al revés, las ecuaciones de Newton seguirían describiendo correctamente el movimiento.

Lo mismo ocurre con gran parte del electromagnetismo: las ecuaciones de Maxwell tampoco distinguen, en esencia, entre una película reproducida hacia delante o hacia atrás si invertimos adecuadamente las magnitudes implicadas.

E incluso la mecánica cuántica, en su formulación habitual, conserva prácticamente esa misma simetría temporal.

Las ecuaciones, por sí solas, apenas distinguen entre avanzar o retroceder en el tiempo.

Entonces...

¿de dónde sale esa sensación tan intensa de que el tiempo solo avanza hacia delante?

La flecha invisible del Tiempo

La respuesta comenzó a aparecer cuando Boltzmann unió la termodinámica con la estadística.

El tiempo parece tener una dirección porque la entropía tiende a aumentar. No porque exista una fuerza que empuje al Universo hacia el futuro. Sino porque, en cada instante, existen infinitamente más formas de estar un poco más cerca del equilibrio que de regresar exactamente al estado anterior.

La flecha del tiempo no está escrita en las leyes de la Física; la dibuja la probabilidad.


O, dicho de otra forma: El tiempo no fluye porque las leyes lo empujen. Fluye porque las probabilidades lo favorecen.

¿Y nuestros recuerdos?

Todavía queda un detalle inquietante. Recordamos el pasado pero nunca recordamos el futuro. Las fotografías muestran lo que ocurrió, las huellas apuntan hacia atrás, las cicatrices cuentan historias antiguas.

Todo aquello que utilizamos para reconstruir nuestra historia consiste, precisamente, en procesos donde la entropía ha aumentado.


Quizá nuestra memoria sea simplemente otra consecuencia de esa flecha estadística. Aunque esa idea merece una conversación mucho más larga... y probablemente una taza de café... caliente o frío...

Conclusión

Hasta ahora hemos descubierto que la entropía no significa desorden, sino que mide el número de maneras diferentes en que un sistema puede organizarse.

Y precisamente porque algunos estados son inmensamente más probables que otros, ciertos procesos ocurren una y otra vez... siempre en la misma dirección temporal.

No porque las leyes fundamentales obliguen al Universo a avanzar, sino porque la estadística hace extraordinariamente improbable cualquier otro camino.

Pero entonces aparece una pregunta inevitable.

Si el Universo lleva casi catorce mil millones de años aumentando su entropía, ¿qué ocurrirá cuando ya no pueda aumentar más?


¿Qué aspecto tendría un Universo donde ya no quedara ninguna dirección estadísticamente preferente? Ése será el tema de nuestro último capítulo.

(Sí, ya sabemos que el título dice "Entropía en tres partes". Pero nos acogemos orgullosamente al precedente de Douglas Adams y su inolvidable Trilogía en cuatro partes que al final fueron cinco. Nosotros, de momento, solo llevamos una de más.)

P.D: Imágenes generadas por ChatGPT, con aparición estelar de nuestra querida y añorada Claudia en todas ellas. 

jueves, 29 de febrero de 2024

29 de Febrero

No queremos dejar pasar la oportunidad que nos ofrece estar en año bisiesto para contar algunas cosas sobre el porqué del 29 de Febrero y su relación con la Astronomía y la medida del Tiempo.

GAIVS JVLIVS CAESAR

Conocemos como año bisiesto a aquel año del calendario que contiene un día adicional. La propia expresión "bisiesto" procede del latín BIS SEXTVS DIES ANTE KALENDAS MARTII, literalmente Repetición del día sexto antes de las Calendas de Marzo; lo que traducido a nuestro calendario actual significaría algo así como repetición del 24 de febrero

Este día se añade para tratar de mantener sincronizados nuestro año calendario (también llamado año natural o año civil) con el año astronómico. Esta sincronización es necesaria porque el año astronómico o sideral (el tiempo que tarda la Tierra en completar una órbita alrededor del Sol) no contiene un número entero de días, sino que dura algo menos de 365 días y cuarto, mientras que el año calendario consta exactamente de 365 días. Intercalando un día adicional cada cierto tiempo se puede, en principio, mantener la sincronización entre ambos calendarios, el civil y el astronómico.

El primero en introducir el día adicional en Occidente fue Julio César, en el año 45 a.n.e. cuando reformó el antiguo calendario Romano para hacerlo consistente con el calendario solar utilizando las ideas al respecto que aprendió en Egipto. No solo sincronizó ambos calendarios añadiendo de golpe 80 días al año 46 a.n.e. sino que ajustó las medidas de los meses tradicionales romanos y eliminó los meses intercalares. Finalmente incluyó la regla de añadir un día adicional cada cuatro años al final de Febrero (último mes del año en el calendario romano tradicional). Nació así el llamado Calendario Juliano.

Ocurre que, aunque bastante buena, la aproximación egipcio-romana no es perfecta. Un año trópico dura 365.2422 días, no exactamente 365.25 como asume la reforma de Julio César (La diferencia entre año sidéreo y año trópico es sutil y no necesaria para entender el tema que estamos tratando, baste con comprender que estamos añadiendo tiempo de más).  La consecuencia es que el calendario Juliano se desincroniza del solar aproximadamente tres días cada 400 años. Puede no parecer mucho, pero en 1600 años se acumularán más de 12 días de separación entre la medida civil y la real; y esto empezó a ser un problema para la Iglesia Católica, cuya fiesta de la Pascua se regía, como todavía hoy, por un calendario lunar. 

La Pascua se celebra tradicionalmente el primer domingo después de la primera luna llena posterior al 21 de marzo (equinoccio de Primavera en el hemisferio norte); y con el calendario Juliano la fecha del 21 de marzo se alejaba cada vez más del propio equinoccio. Así que el Papa Gregorio XIII decidió arreglarlo de un plumazo y, a imagen de Julio César, decretó que el día 4 de octubre de 1582 sería seguido del 15 de octubre del mismo año; restando así los 12 días de más que se habían acumulado en 16 siglos. Para evitar que el calendario Juliano siguiera añadiendo días de más se introdujo una modificación a la reforma de Julio César: se seguiría añadiendo un día en los años que fueran divisibles por cuatro, pero con una excepción: si el año es divisible por 100 solo será bisiesto si además es divisible por 400.

Calendario que muestra que 1900 no fue bisiesto

Es decir, desde 1582 se siguió añadiendo un día cada cuatro años, con la excepción de 1700, 1800 y 1900. El año 2000 fue bisiesto porque, aunque divisible por 100, también lo es por 400; mientras que 2100 volverá a no ser bisiesto. Se eliminan así los 3 días que añadía cada 400 años el calendario Juliano; y llamamos al nuevo calendario reformado Calendario Gregoriano.

Hasta ahora hemos explicado la necesidad de añadir días al calendario civil cada cierto tiempo, pero todavía no hemos hablado del 29 de Febrero como tal. Recordemos que en el calendario Juliano, en uso hasta el siglo XVI, el día que se añadía cada cuatro años era una repetición del día 24 de febrero. El caso es que no hemos podido encontrar de forma fehaciente fuentes que nos indiquen cuando se abandona la repetición del día 24 para pasar a añadir el día 29: parece que en Inglaterra empezó a ser práctica común durante el siglo XV, pero no se estableció como ley hasta 1750. 

Misal Romano mostrando la fiesta
de San Mateo

Es muy posible que la celebración cristiana de las fiestas de San Mateo, precisamente el 24 de febrero, y las incomodidades que eso producía para saber cuándo era dicha fiesta, provocaran, a lo largo de los siglos XVI a XVIII, el abandono del día 24 duplicado y su sustitución por el día 29 de febrero; pero más allá del dato de Inglaterra no hemos encontrado más detalles.

Esperamos que haya quedado más o menos claro. En cualquier caso, cualquier persona con dudas o interés en profundizar en el tema puede contactarnos con total libertad. Hasta la próxima.

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