martes, 27 de octubre de 2026

La ciencia cabe en un sello: un viaje por mi colección filatélica

Hay aficiones que empiezan con una pregunta, otras con una casualidad y algunas con un pequeño trozo de papel dentado.

Aunque ahora os pueda parecer increíble, muchos niños de los años 80 empezamos a coleccionar sellos porque eran bastante más accesibles que los cromos. Pero pronto descubríamos que aquellos pequeños rectángulos de papel eran mucho más que el justificante de que habíamos pagado el envío de una carta: podían homenajear a alguien que había cambiado nuestra forma de entender el mundo, celebrar un descubrimiento o abrir una ventana a países lejanos. Todo un universo en miniatura, en una época en la que internet ni siquiera asomaba por nuestros sueños.

Entre mis distintas colecciones temáticas, hay una a la que le tengo especial cariño. A ver si lo adivináis… ¡la Ciencia, por supuesto! En ella conviven médicos, inventores, astrónomos, biólogos, instituciones y acontecimientos científicos de multitud de países. Juntos forman un pequeño recorrido por la historia de la ciencia y, de paso, nos permiten descubrir cómo hemos querido representarla en nuestros sellos.

Páginas de mi colección temática Science, sección Spain.

Hoy os propongo dar una vuelta por mi Álbum de Ciencia, deteniéndonos en su sección dedicada a España. ¡Vamos allá!

Un científico puede caber en un retrato

Uno de los protagonistas indiscutibles de la colección es Santiago Ramón y Cajal. Su rostro aparece en una emisión de 1934, pocos días después de su fallecimiento, y vuelve a hacerlo en sellos de 1952 y en dos hojas bloque más recientes: una de 2023, dedicada a Cajal y a ocho de sus discípulos, y otra de 2025, que rinde homenaje a las mujeres que formaron parte de su escuela. Cuatro emisiones distintas para recordar a una misma figura fundamental de la ciencia.

Los cuatro sellos dedicados a Santiago Ramón y Cajal

Cajal fue uno de los grandes impulsores de la neurociencia moderna. Sus investigaciones sobre el sistema nervioso y sus extraordinarias observaciones microscópicas contribuyeron a establecer que el tejido nervioso está formado por células individuales, las neuronas, y no por una red continua como se había defendido anteriormente. En 1906 recibió el Premio Nobel de Fisiología o Medicina, compartido con Camillo Golgi. 

Teniendo en cuenta el estado de la Ciencia en España entonces (y ahora) lo del Premio Nobel a Ramón y Cajal creo que todavía no lo hemos puesto en valor. Fue algo tan improbable como merecido.

Un retrato postal no puede explicar por sí solo semejante trayectoria. Pero sí puede despertar la curiosidad suficiente para que alguien se pregunte quién fue aquel señor de mirada seria y por qué acabó apareciendo en un sello. Y eso ya es una pequeña victoria para la divulgación científica.

La Ciencia como esfuerzo colectivo

No todos los sellos científicos están dedicados a grandes figuras. Algunos celebran congresos, instituciones o acontecimientos que reúnen a investigadores de distintas disciplinas.

En mi colección hay emisiones relacionadas con la Federación Internacional de Astronáutica, un congreso de radiología, otro de bioquímica y una conferencia internacional de espectroscopia celebrada en Madrid.

A primera vista, quizá no tengan el atractivo inmediato de un retrato famoso o de una imagen espectacular del espacio, aunque a mí me parecen todos muy bonitos. Pero cuentan una historia importante: la ciencia también es una actividad colectiva.

Congresos científicos en los años 60. Hay premio para quien diga el nombre del caballo del primer sello y el del señor del segundo 😆
Un descubrimiento puede llevar el nombre de una persona, pero casi siempre, por no decir siempre, se apoya en conocimientos anteriores, instrumentos desarrollados por otros equipos, resultados obtenidos en distintos laboratorios y discusiones entre investigadores.

Los congresos científicos son parte de ese proceso. Sirven para compartir resultados, contrastar ideas y abrir nuevas líneas de investigación. Que un sello postal conmemore uno de estos encuentros significa que, durante un momento, una actividad especializada pasó a formar parte de la memoria pública.

Y eso también merece un lugar en un álbum.

Cuarenta años soñando estrellas

Para quienes disfrutamos de la astronomía, hay una pieza de la colección que tiene un atractivo especial: el sello dedicado al 40.º aniversario del Instituto de Astrofísica de Canarias (IAC), emitido en mayo de 2025.

El aniversario conmemora un acontecimiento importante para la astronomía española. En junio de 1985 se inauguraron oficialmente la sede central del Instituto, en La Laguna, y sus observatorios: el del Teide, en Tenerife, y el del Roque de los Muchachos, en La Palma.

Desde entonces, el IAC se ha consolidado como un centro de referencia internacional en astrofísica. Sus observatorios aprovechan las excelentes condiciones del cielo canario para estudiar el universo y forman parte de una infraestructura científica en la que trabajan investigadores e instituciones de distintos países.

El sello de 1985 dedicado a la inauguración de los observatorios de Canarias junto al sello de 2025 que conmemora el 40 aniversario del acontecimiento.

El sello, perteneciente a la serie España es. Ciencia, lleva por lema «40 años soñando estrellas». Y, aunque suene poético, detrás de esas cuatro palabras hay telescopios, instrumentación compleja, desarrollo tecnológico, noches de observación y mucho trabajo científico.

Un sello puede conducirnos desde una página del álbum hasta una montaña canaria, de allí a un telescopio y, finalmente, a preguntas sobre galaxias, estrellas y planetas. No está nada mal para un objeto que, en su día, sirvió para pagar el envío de una carta.

Del wolframio a Marie Curie: la química también tiene rostro

La química tiene una presencia especial en mi colección, y dos sellos muy distintos permiten recorrer parte de su historia: uno dedicado al wolframio y otro a Marie Curie.

En 1983 se emitió un sello conmemorativo del bicentenario del descubrimiento del wolframio, un elemento químico cuyo símbolo es W y de número atómico 74. Su historia está vinculada a España: los hermanos Juan José y Fausto de Elhuyar lograron aislarlo en 1783 a partir de la wolframita. El wolframio destaca, entre otras propiedades, por su elevadísimo punto de fusión, que lo hace útil en diversas aplicaciones industriales.

El segundo sello nos lleva hasta 2011, declarado por las Naciones Unidas Año Internacional de la Química. Correos conmemoró la ocasión con una emisión dedicada a Marie Curie, coincidiendo con el centenario de la concesión de su Premio Nobel de Química.

Marie Curie fue una científica de origen polaco y nacionalidad francesa que realizó contribuciones fundamentales al estudio de la radiactividad. Junto con Pierre Curie descubrió el polonio y el radio, y recibió el Nobel de Física en 1903. En 1911 obtuvo el de Química por sus investigaciones sobre el radio y el polonio. Fue la primera persona en recibir dos premios Nobel en disciplinas científicas diferentes.

Emisiones dedicadas a los hermanos Elhuyar y a Marie Curie

Dos sellos, dos historias y dos maneras de acercarse a la química. Ambas nos recuerdan que la ciencia avanza intentando comprender mejor el mundo que nos rodea. Porque, al fin y al cabo, de eso se trata: la Ciencia no es más que la búsqueda de respuestas y el planteamiento de nuevas preguntas sobre el universo.

Margarita Salas, una científica que consiguió que el ADN hablara

Su sello forma parte de la serie Mujeres en la Ciencia, emitida por Correos en 2021. Y no, no es un simple homenaje para compensar que durante décadas aparecieran muchas más barbas que mujeres en nuestros sellos científicos. Margarita Salas tiene méritos propios de sobra para ocupar su lugar en el álbum.

Su investigación se centró, entre otras cosas, en el bacteriófago Phi29, un virus que infecta bacterias. Estudió cómo se replica su ADN y contribuyó a caracterizar la ADN polimerasa del virus, una enzima capaz de copiar material genético con gran eficacia. Esta herramienta se ha convertido en un recurso muy útil en ámbitos tan diversos como la medicina forense, la investigación oncológica y la arqueología.

Sello dedicado a nuestra gran Margarita Salas
El sello dedicado a Margarita Salas no solo reconoce una trayectoria individual; también nos recuerda que la ciencia española ha contado con investigadoras capaces de realizar contribuciones de alcance internacional. Conviene que sus nombres aparezcan en nuestros álbumes, pero, sobre todo, que aparezcan en nuestros libros de historia.

Un eclipse que ya tiene su lugar en la colección

Y volviendo a la Astronomía, hay un sello que conecta la colección con un acontecimiento que hemos vivido muy de cerca y hace muy poco tiempo: el eclipse solar total del 12 de agosto de 2026.

Correos le dedicó una hoja bloque de la serie Ciencia, con un sello de 4 euros que muestra el fenómeno y la franja de la península desde la que podía observarse como total. No es solo una bonita imagen del cielo, también es una forma de divulgar un fenómeno astronómico extraordinario y de recordar que la ciencia no vive únicamente en los libros o en los observatorios. A veces, basta con levantar la vista al cielo… y, en este caso, tener unas gafas de observación solar adecuadas.

Una de las últimas incorporaciones a la colección, el Eclipse de 2026

¿Qué convierte un sello en un sello científico?

Llegados a este punto, quizá convenga hacerse una pregunta: ¿qué hace que un sello pertenezca a una colección de filatelia científica? La respuesta no siempre es sencilla, o tal vez sí.

Un sello puede mostrar a un investigador, representar un instrumento científico, conmemorar un descubrimiento o celebrar una institución. También puede estar dedicado a una persona cuya actividad combinó ciencia, medicina, ingeniería y otras áreas del conocimiento.

Por eso, construir una colección temática implica algo más que reunir imágenes que parezcan científicas. Hay que establecer unos criterios, estudiar las piezas y decidir qué relación tienen con el tema que queremos representar.


En mi caso, la colección Science reúne emisiones muy diversas, algunas son fáciles de clasificar; otras invitan a detenerse, investigar y debatir dónde encajan mejor. Esa búsqueda forma parte de la afición. Pero sobre todo, cada colección debería responder a un criterio fundamental: ¡incluye lo que te guste a ti!

Como curiosidad, tengo secciones de la colección Science dedicadas a Alemania, Rusia+Unión Soviética, España, Francia, Hungría, Suecia, Polonia, Rumanía, Checoslovaquia, Italia, Austria, Bélgica, Noruega... y así hasta 1,600 sellos de 60 países, de momento.

Un álbum lleno de preguntas

Una colección científica nunca está terminada, aunque consigamos reunir todas las piezas que nos habíamos propuesto buscar. Siempre aparece un nombre desconocido, una emisión que no habíamos visto o una historia que merece la pena investigar.

Y quizá esa sea una de las cosas más bonitas de esta afición: coleccionar no consiste solamente en poseer objetos, sino también en aprender a mirarlos.

Un sello de Ramón y Cajal puede llevarnos hasta las neuronas; uno de Margarita Salas, hasta las herramientas que permiten estudiar y copiar el ADN; uno de los observatorios canarios, hasta los telescopios y el universo; y uno dedicado al wolframio, hasta la historia de la química.

La ciencia ocupa bibliotecas enteras, laboratorios, observatorios y centros de investigación repartidos por todo el mundo. Sin embargo, también puede encontrar sitio en un álbum de sellos.

Porque la ciencia cabe en un sello. Lo que no cabe es todo lo que podemos aprender de él.

jueves, 17 de septiembre de 2026

Entropía en tres partes: (IV) El restaurante al final del Universo

Hace tres capítulos empezábamos con una palabra que casi todos habíamos oído alguna vez: entropía. 

Después descubrimos que NO era una medida del desorden.

Más tarde comprendimos que tampoco era una fuerza misteriosa que empujaba al Universo. Era algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más profundo. Una cuestión de probabilidades.

Ahora solo queda una pregunta. La última: ¿Tiene final esta historia?

El Universo también envejece

Cuando pensamos en el Universo, en el Cosmos, en su absoluta e inmensa grandeza, solemos imaginar explosiones gigantescas como las supernovas, colisiones de galaxias, agujeros negros tragándose estrellas... Todo parece enorme, dinámico, violento... Fascinante.

Pero el futuro lejano del Universo probablemente será bastante menos espectacular. Porque las estrellas no tienen combustible infinito.

Las más masivas morirán relativamente pronto. Otras permanecerán brillando durante tiempos enormes. Y algunas de las estrellas más pequeñas pueden sobrevivir durante periodos que hacen que los miles de millones de años de edad del Universo parezcan casi un suspiro.

Pero tarde o temprano también ellas dejarán de brillar. Y llegará un momento en que la formación de nuevas estrellas será cada vez más difícil.

El Universo seguirá existiendo, pero tendrá cada vez menos luces encendidas.

Todo necesita un desnivel

Aquí aparece una idea que merece detenerse un instante.

Un molino funciona porque el agua cae, un aerogenerador funciona porque existen diferencias de presión y temperatura en la atmósfera, una máquina térmica funciona porque existe una diferencia de temperatura, una batería puede hacer funcionar un motor porque existe una diferencia de potencial eléctrico.

Y nuestro propio cuerpo vive porque constantemente transforma energía química.

La vida, las máquinas y, en cierto sentido, el propio Universo necesitan diferencias, desniveles.

Porque esas diferencias permiten que la energía se transforme y que ocurran procesos.

Una presa puede almacenar una enorme cantidad de energía potencial gravitatoria, pero si no existe un desnivel que permita que el agua fluya, no tendremos electricidad.

La energía puede seguir estando ahí, pero lo que hemos perdido es la posibilidad de aprovechar esa diferencia para hacer trabajo.

Y aquí es donde la entropía vuelve a aparecer: A medida que un sistema evoluciona espontáneamente hacia estados más probables, las diferencias que podemos aprovechar para producir trabajo tienden a disminuir.

No porque la entropía sea una fuerza que las destruya, sino porque los estados de equilibrio, aquellos en los que ya no quedan grandes diferencias aprovechables, son estadísticamente muchísimo más numerosos. Y eso nos lleva a una de las expresiones más inquietantes de la Física:

El verdadero enemigo no es el frío (que, por otro lado, ni siquiera existe)

Aquí aparece uno de los nombres más desafortunados de toda la Física:

La muerte térmica del Universo.

Suena casi gore, y no significa simplemente que todo vaya a congelarse. En realidad no sabemos con certeza si el Universo terminará exactamente como suelen describirlo las ilustraciones de divulgación más comunes.

La naturaleza de la energía oscura, esa componente misteriosa que está haciendo que la expansión del Universo se acelere, sigue siendo uno de los grandes interrogantes de la Cosmología. Y dependiendo de  lo que realmente sea, el futuro del Universo podría ser diferente.

Pero existe un escenario posible, y es el que nos interesa aquí:

Un Universo que continúa expandiéndose y en el que, con el paso del tiempo, las diferencias de temperatura y las fuentes de energía libre disponibles para realizar trabajo se hacen cada vez menores.

No es tanto que el Universo se quede sin energía, la energía puede seguir estando ahí. El problema es que cada vez resulta más difícil hacer algo con ella. Es la diferencia entre tener agua y tener una presa con un desnivel, sin desnivel, el agua sigue existiendo, pero el molino deja de girar.

Claudia tiene paciencia


Aquí Claudia está tumbada sobre una roca. Detrás de ella, un cielo oscuro, muy oscuro. Ya no hay tantas estrellas como antes. Solo alguna luz débil rompe de vez en cuando la oscuridad.

Claudia bosteza, parece aburrida. Y tiene razón. Ha pasado tal cantidad de tiempo que nuestra imaginación apenas puede concebirlo y... el Universo sigue ahí, pero cada vez ocurren menos cosas. Y Claudia espera, porque todavía queda algo que observar.

Los últimos gigantes

Cuando las estrellas ya no sean el mayor espectáculo del Universo, todavía quedarán algunos protagonistas: los Agujeros Negros.

Durante tiempos inimaginablemente largos seguirán siendo algunos de los objetos más extraordinarios del Universo. Pueden crecer alimentándose de materia, pueden fusionarse y pueden permanecer durante muchísimo tiempo cuando casi todo lo demás haya desaparecido.

Parecen eternos, pero tampoco lo son.

Stephen Hawking descubrió que, debido a efectos cuánticos, los agujeros negros pueden emitir una pequeñísima cantidad de radiación: la llamada radiación de Hawking.

Tan pequeña que, para los agujeros negros habituales, resulta prácticamente insignificante. Pero existe, y significa que, muy lentamente, un agujero negro puede perder masa. Muy lentamente... Durante periodos de tiempo que hacen que la edad actual del Universo parezca insignificante.

Hasta que, si nuestra descripción actual de la Física sigue siendo válida durante todo ese tiempo, incluso los últimos agujeros negros acabarían desapareciendo.

Hawking a punto de ser espaguetizado por un Agujero Negro

Y entonces habremos llegado a una etapa del Universo extraordinariamente diferente de la que conocemos: Sin estrellas. sin planetas como los actuales, sin grandes fuentes de energía libre. Y con muy pocos procesos capaces de producir cambios a gran escala.

¿Y después?

Aquí debemos tener cuidado.

No sabemos exactamente cómo será el Universo en esos tiempos, no sabemos qué es realmente la energía oscura. No sabemos con certeza cuál será el destino último de toda la materia.

Ni siquiera sabemos si nuestra descripción actual de la Física seguirá siendo válida a escalas de tiempo tan absurdamente grandes.

Pero sí podemos entender la idea fundamental.

Si el Universo continúa evolucionando hacia estados cada vez más próximos al equilibrio térmico, llegará un momento en que las diferencias que permiten producir trabajo serán extraordinariamente pequeñas.

Y entonces tendremos un Universo muy diferente del que conocemos. No necesariamente completamente vacío. No necesariamente con cada partícula aislada para siempre. No necesariamente "congelado" en el sentido cotidiano de la palabra.

Simplemente un Universo en el que casi no queden diferencias capaces de alimentar grandes procesos. Las leyes de la Física seguirían estando ahí. Pero habría cada vez menos cosas interesantes que pudieran suceder.

Cuando lo inverosímil tiene tiempo suficiente

Y aquí volvemos, una última vez, al perfume.

En el capítulo anterior vimos que las moléculas de perfume se dispersaban por la habitación y nunca las veíamos regresar espontáneamente al frasco. Pero "nunca" no significa exactamente lo mismo que "imposible".

Si una fluctuación es extremadamente improbable, podemos imaginar que, dado un tiempo suficientemente largo, podría ocurrir. El problema es que algunas oportunidades requieren tiempos tan absurdamente grandes que, para cualquier propósito práctico, podemos tratarlas como imposibles.

Pero justo, si empezamos a considerar tiempos absurdamente grandes aparece una de las ideas más locas que nos dejó la Física:

El cerebro de Boltzmann

Nuestro austriaco favorito nos regala una última sorpresa.

Imaginemos un Universo extremadamente viejo, cercano al equilibrio, en el que durante tiempos inimaginables apenas sucede nada.

Si las fluctuaciones estadísticas siguen siendo posibles, podemos plantearnos una pregunta verdaderamente absurda:

¿Qué sería más probable?

¿Que apareciera espontáneamente un Universo entero como el nuestro, con galaxias, estrellas, planetas, vida y una historia de miles de millones de años?

¿O que apareciera solamente una pequeña región con la estructura necesaria para contener un cerebro? Un cerebro con recuerdos. Recuerdos de una infancia, de una familia, de haber aprendido Física. De haber vivido una vida entera... Aunque esa vida jamás hubiera sucedido.

Eso es lo que conocemos como el Cerebro de Boltzmann.

Nuestro querido Boltzmann pensando en la cara que se nos pondrá al escuchar su idea.

Y sí, es una idea científica real, aunque probablemente no sea una idea especialmente tranquilizadora. Porque si un Universo eterno o extraordinariamente longevo permite fluctuaciones estadísticas suficientemente improbables, aparece una pregunta incómoda:

¿Cómo sabemos que nuestra historia es real y no somos simplemente una fluctuación estadística extraordinariamente improbable?

No vamos a resolverlo aquí, ni siquiera está claro que el problema pueda plantearse de esa manera en nuestro Universo real. Pero creemos que es una manera magnífica de terminar nuestra historia, porque después de cuatro capítulos preguntándonos por qué recordamos el pasado... hemos terminado preguntándonos si nuestros recuerdos podrían ser, ellos mismos, parte de una fluctuación.

Entonces...

Durante cuatro capítulos hemos hablado de calor, de café, de perfume, de estrellas, galaxias y agujeros negros.

Pero en realidad siempre hemos estado hablando de una única cosa:

¿Por qué el Universo tiene historia? ¿Por qué existen recuerdos? ¿Por qué podemos distinguir ayer de mañana? ¿Por qué una taza de café se enfría y nunca aprende el camino de vuelta?

La respuesta no era una fuerza, ni una ley misteriosa, ni un reloj cósmico.

Era la estadística.

La entropía nos dice qué estados son mucho más probables que otros. Y nosotros vivimos precisamente en uno de esos momentos extraordinarios en los que todavía existen enormes diferencias de energía y de temperatura que permiten que ocurran cosas.

Hay galaxias, estrellas, planetas, química, vida. Y hay cerebros capaces de preguntarse por qué existe todo esto. Todavía hay una flecha del tiempo.

Quizá dentro de un tiempo que escapa por completo a nuestra imaginación el Universo sea un lugar silencioso, con muy pocas estrellas, sin grandes diferencias de temperatura, sin grandes fuentes de energía libre. Un Universo en el que la flecha del tiempo apenas tenga procesos macroscópicos sobre los que dejar su huella.

Pero hoy todavía no.

Así que esta noche, cuando salgamos a mirar las estrellas, podremos recordar algo extraordinario:

Estamos viviendo en un Universo en el que todavía tienen que pasar muchas cosas.

Y quizá eso sea, después de todo, lo verdaderamente maravilloso de estar aquí.


p.s: Hay premio para quien pille el guiño del título del artículo 😜

miércoles, 5 de agosto de 2026

El Sol y la Luna bailan un Tango (o una seguidilla)

Hacemos un pequeño alto en nuestro relato sobre la Entropía, para atender una "urgencia astronómica".

Hay espectáculos que ocurren todos los días o casi: Un amanecer, una lluvia de estrellas, la Luna llena asomando por el horizonte. (Aunque a veces pasemos meses, o incluso años, sin detenernos a contemplarlos).

Y hay otros que, aunque obedecen exactamente las mismas leyes de la Física, conservan intacta la capacidad de dejarnos sin palabras.

El próximo 12 de agosto tendremos la suerte de asistir a uno de ellos.

Durante unos minutos, la Luna se interpondrá entre la Tierra y el Sol, ocultando gran parte de nuestra estrella y regalándonos uno de los fenómenos más impresionantes que pueden contemplarse a simple vista... siempre que lo hagamos con la protección adecuada.

No veremos un eclipse total desde Cózar.

Pero estaremos muy cerca de vivir una experiencia extraordinaria.

¿Qué es realmente un eclipse?

La explicación es sorprendentemente sencilla.

La Luna gira alrededor de la Tierra, la Tierra gira alrededor del Sol.

La mayor parte del tiempo sus órbitas están ligeramente inclinadas y la Luna pasa por encima o por debajo del Sol visto desde nuestro planeta.

Gráfico de un Eclipse Solar, del libro de Yakov Perelman, Astronomía Recreativa

Pero, de vez en cuando, los tres cuerpos se alinean casi perfectamente. Entonces la Luna proyecta su sombra sobre una pequeña región de la Tierra. Y durante unos minutos parece que alguien ha decidido apagar el Sol.

No hay magia, bueno sí... Magia astronómica.

¿Cómo se verá desde Cózar?

Desde Cózar podremos disfrutar de un eclipse parcial muy profundo.

El Sol irá transformándose poco a poco en un creciente cada vez más fino, parecerá como si alguien fuera mordiendo lentamente el disco solar. La luz cambiará de una forma difícil de describir, los colores del paisaje se volverán extraños, las sombras aparecerán más definidas, la temperatura puede descender ligeramente (¡Bien!)

Y, aunque no llegaremos a la oscuridad de un eclipse total, el ambiente tendrá algo especial. Algo que cuesta explicar hasta que se vive.

¿Cuándo tendremos que mirar?

En Cózar el eclipse comenzará aproximadamente a las 19:39. La Luna irá ocultando poco a poco el Sol hasta alcanzar el máximo alrededor de las 20:35, cuando solo quedará visible un finísimo creciente. El fenómeno terminará hacia las 21:26, con el Sol ya poniéndose sobre el horizonte oeste-noroeste.

Un consejo: buscad un lugar con el horizonte oeste completamente despejado. En un eclipse como este, un árbol o una loma pueden convertirse en el peor enemigo del espectáculo.

¿Y por qué no veremos la totalidad?

Porque la sombra más oscura de la Luna —la umbra— recorrerá una estrecha franja de la Península Ibérica.

Nosotros estaremos muy cerca de ella, pero no exactamente dentro. Y esa pequeña diferencia lo cambia todo.

En un eclipse total desaparece por completo el disco solar. Entonces aparece la corona, el cielo se oscurece como si fuera un crepúsculo y durante unos instantes parece que el Universo contiene la respiración.

En un eclipse parcial, aunque el Sol quede reducido a un finísimo arco luminoso, esa pequeña porción sigue siendo extraordinariamente brillante.

Fuente: IGN Región de la Tierra donde el eclipse del 12 de agosto de 2026 será visible.

Por eso, durante todo el eclipse, será imprescindible utilizar gafas homologadas para observación solar. Nunca debemos mirar directamente al Sol sin la protección adecuada.

Merece la pena repetirlo una vez más: Nunca debemos mirar directamente al Sol sin protección homologada. Ni siquiera cuando quede reducido a un finísimo creciente.

Levantar la vista

Vivimos rodeados de pantallas, demasiadas. Consultamos el tiempo en el móvil, vemos fotografías espectaculares del espacio cada día.

Y, sin embargo, muy pocas veces levantamos la vista para contemplar un fenómeno astronómico con nuestros propios ojos.

Quizá por eso un eclipse sigue siendo tan especial. No hace falta comprender la mecánica celeste ni saber calcular órbitas.

Solo hace falta mirar. Y dejar que, durante unos minutos, el Universo haga lo que lleva haciendo miles de millones de años.


Una cita con el cielo

El próximo 12 de agosto, si las nubes nos lo permiten, el Sol y la Luna nos ofrecerán un espectáculo que no ocurre todos los veranos.

Buscaremos un buen horizonte, llevaremos nuestras gafas de eclipse y compartiremos unos minutos de asombro.

Porque hay experiencias que ninguna fotografía consigue transmitir del todo. Y un eclipse solar es una de ellas.

Quizá dentro de unos años no recordemos exactamente la hora del máximo del eclipse. Pero probablemente sí recordemos dónde estábamos cuando levantamos la vista y vimos cómo la Luna comenzaba a ocultar el Sol.

P.S: Para más información visita la Web sobre Eclipses del Instituto Geográfico Nacional


Entradas más visitadas